Las encuestas, los sondeos de opinión y los careos han propiciado que quienes detentan el poder tengan que malabarear entre conservar su “nivel de aceptación” y cumplir -y hacer cumplir- la ley.
Gobernar es más complejo de lo que parece: implica un cúmulo de decisiones que impactan en los gobernados. El derecho, en su principio coercitivo, establece la obligatoriedad del cumplimiento de la ley, para evitar que cada quien rija -y se rija- únicamente por el libre albedrío. Por lo tanto, gobernar está intrínsecamente ligado a las normas que nos regulan, aun cuando hacerlo no cumpla con los estándares de la opinión pública.
Caer bien es algo sugerente para ejercer el gobierno, pero no está estipulado en la norma. Hoy la opinión pública se ha democratizado tanto que, desde las plataformas de redes sociales, se pueden emitir juicios erróneos, donde la cantidad de reacciones (me gusta, me divierte, me encanta, etcétera) determina la popularidad de un planteamiento. Sin embargo, esta tragedia jamás se legitimará, ni mucho menos dará soporte legal a una acción cuyo origen es equivocado.
Sin embargo, esta tragedia, de inicio, no da oportunidad de plantear con argumentos una opinión sólida y fundamentada. ¡NO! La viralización nos arrastra al caudal de la sinrazón, al contagio masivo de la descontextualización y al complejo de “yo sé de todo” que los opinólogos y expertos temporales impulsan, muchas veces desde un interés particular y mezquino. Todo ello nos conduce a ese COSTAL EMOCIONAL MASIVO (al final, de esto se trata siempre: MANIPULACIÓN).
Pero, como toda parábola, tiene un alza, pero también una baja. Cuando la razón, la ciencia, los estudios serios y los especialistas comienzan a participar, el panorama se abre y las audiencias hacen lo mismo: viajan a ese estado de conciencia donde la emoción ya no tiene cabida, pues se busca el bien colectivo y no el individual.
La irresponsabilidad de quienes generan la desinformación, así como de quienes la consumen y finalmente la distribuyen, contribuye directamente a nuestro fracaso.
En últimas, gobernar es enfrentar desafíos: la administración pública está plagada de ellos. Gobernar implica accionar desde la defensa de las mayorías; al final, la historia absolverá o castigará. Lo imperdonable es que los gobernantes se estacionen en la impavidez frente a las problemáticas, por miedo al rechazo en las redes, o peor aún, que operen desde la ilegalidad para mantener su “cuota de aceptación”.
Es mayor la demanda de acciones que la de omisiones (que, por cierto, también constituyen una forma de violar la ley). Entonces, ¿qué necesita la sociedad: razón o emociones? Como siempre, somos nosotros quienes elegimos.
