Leí La Odisea hace aproximadamente veinticinco años. Recuerdo que terminé de leerla durante un viaje que, guardando toda proporción, era tan incierto como el de Odiseo por el mar: una combi atravesando Cuautitlán Izcalli. Ambos recorridos tenían algo en común: el vértigo de no saber qué ocurriría al siguiente momento.
Ahora que La Odisea vuelve a las salas de cine, confirmé que Homero nunca escribió solamente sobre héroes, dioses y monstruos. Escribió sobre el poder, la condición humana y, por qué no decirlo, también sobre la política.
Con el paso de los años entendí que cada personaje representa una lección que sigue vigente.
Primera. No existe compromiso político tan grande que justifique abandonar a la familia. Después de veinte años de guerra y de viajes, Odiseo descubre que ninguna victoria vale más que regresar a Ítaca.
Segunda. No todas las batallas son nuestras. Agamenón y Menelao convocaron a los reyes griegos a una guerra nacida de un conflicto que terminó costando la vida de miles. En la política también existen causas diseñadas por unos cuantos y peleadas por muchos que jamás conocen los verdaderos intereses que las originaron.
Tercera. Los cíclopes no son tan invencibles como parecen. Polifemo poseía toda la fuerza, pero carecía de estrategia. Odiseo no lo derrotó con violencia, sino con inteligencia. La fuerza impresiona; la estrategia transforma.
Cuarta. Siempre existirán Circe, Calipso y las Sirenas. Unas seducen con el poder, otras con la comodidad y otras con promesas irresistibles. En política abundan quienes buscan apartarte del camino mediante halagos, rumores o calumnias. Parecen invencibles, pero pocas veces logran imponerse sobre la verdad.
Quinta. Atenea demuestra que la inteligencia es la mejor aliada del liderazgo. Nunca vence por imposición, sino por prudencia, visión y estrategia. En la vida pública, pensar siempre será más eficaz que reaccionar.
Sexta. Poseidón representa esos poderes que nunca olvidan una afrenta. Existen adversarios capaces de convertir una diferencia en una persecución interminable. El verdadero liderazgo consiste en mantener el rumbo, aun cuando el mar permanezca embravecido.
Séptima. La lealtad de Penélope, la madurez de Telémaco, la fidelidad de Eumeo y la espera silenciosa de Argos constituyen el verdadero patrimonio de Odiseo. El poder es efímero; la lealtad permanece cuando los aplausos terminan.
Argos, el viejo perro que esperó veinte años para volver a ver a su amo antes de morir, quizá sea el personaje más conmovedor de toda la obra. No pidió recompensas, no reclamó ausencias, no exigió explicaciones. Simplemente esperó. Hay lealtades que no necesitan discursos para demostrar su grandeza.
Octava. Odiseo murió muchas veces antes de regresar a Ítaca. Murió el joven impulsivo, el guerrero victorioso y el hombre que creía tener todas las respuestas. Cada isla le arrebató una parte de sí mismo hasta convertirlo en alguien distinto. Quizá eso también sea la vida: aprender a perder versiones de nosotros mismos para encontrar la esencial.
La adaptación cinematográfica de Christopher Nolan no terminó de convencerme. Entiendo que cada director imprime su propia mirada y privilegia ciertos matices; en este caso percibí una visión más psicológica que épica. Es una interpretación válida, aunque no fue la que esperaba.
Al final comprendí que, de una u otra forma, todos somos Odiseo.
Nos entregamos a nuestras causas, luchamos con convicción, enfrentamos adversarios visibles e invisibles, creemos algunas verdades y también algunas mentiras. Pero, cuando el viaje termina, lo único que realmente importa es regresar a nuestra propia Ítaca.
Porque Ítaca no es un reino.
Ítaca es el hogar.
Penélope, Telémaco, Eumeo y Argos representan a quienes permanecen cuando todo cambia. En cambio, los pretendientes simbolizan a los oportunistas que nunca aman la casa; únicamente desean ocupar el lugar de quien la construyó.
Porque, al final, el verdadero triunfo nunca será conquistar Troya; será regresar con dignidad a Ítaca. Quizá esa sea la mayor enseñanza que Homero sigue susurrándonos casi tres mil años después y la lección que jamás deberíamos olvidar quienes hemos decidido dedicar una parte de nuestra vida al servicio público y al ejercicio de la política.

